Iparraguirre, el poeta más grande de Euskal Herria, entre el silencio y el olvido

Artículo de José Maria Porro y José Lázaro Ibáñez

El autor del “Gernikako Arbola”, ese puñado de versos que cantan de manera magistral a las libertades de nuestro pueblo, es hoy un total desconocido y su presencia entre nuestras gentes, es más bien nula, al cumplirse este año el 200 aniversario de su nacimiento.

¿Tendrá algo que ver su pública y notoria adhesión al Carlismo en este silencio y olvido?

José María Iparraguirre Balerdi nació en la villa guipuzcoana de Villarreal de Urrecchu el 12 de agosto de 1820, en la el número 10 de la Calle Mayor. Sus padres fueron José Agustín y Manuela Francisca. El padre era confitero, por lo que vivían en una situación económica cómoda. Desde su infancia habló siempre en euskera y castellano.

A los 13 años su familia se trasladó a Madrid, para que nuestro joven pudiese estudiar y al poco tiempo, gracias a la recomendación del un amigo de la familia, el P. Unanue, nos lo encontramos como alumno del Colegio de San Isidro el Real, de los PP. Jesuitas. En Madrid conoce lo que es la nostalgia de su querida tierra vasca, de sus paisajes y gentes.

Al año siguiente, con 14 años, se escapó al Pais Vasco para incorporarse como voluntario en el ejército carlista en la guerra de 1833-1840, y defender la cusa que representaba Carlos María Isidro de Borbón: la defensa de la libertad y los usos y costumbres de los pueblos de Las Españas. Estuvo en el Primer Batallón de Guipúzcoa y fue herido en una pierna en 1835 en la acción de Arrigorriaga (Vizcaya). Posteriormente pasó a la Guardia de Alabarderos, cuerpo creado por D. Tomás de Zumalacárregui y terminó la guerra como integrante de la Guardia de Honor de Don Carlos.

No habiéndose acogido al Convenio de Vergara, Iparraguirre marchó al exilio a Francia, donde aprendió francés y así pudo leer a los poetas Lamartine, Chateaubriand o Lamennais. Acompañado de su inseparable guitarra comenzó a cantar en París en todos los locales donde le fue posible, a la vez que recibió clase de canto de la célebre soprano Caroline Duprez. En 1848 participó en las jornadas revolucionarias cantando en público “La Marsellesa”, motivo por el cuál fue obligado por el gobierno francés a marchar a un nuevo exilio: Londres. Antes, ya había recorrido Italia, parte de Suiza y Alemania, cantando viejas canciones vascas y otras compuestas por él.

En Londres vivió muy pobremente akl principio, hasta que pudo actuar en algunos cafés. En 1852 volvió a Bilbao, poniendo fin a trece años de exilio. Su espíritu aventurero y las ganas de dar a conocer sus canciones le llevaron a Madrid. Aquí, en la capital del estado, en el “Café de San Luis”, en la Calle de la Montera, cantó por primera vez el “Gernikako Arbola”, ese hermoso himno que nos habla de libertad e internacionalismo, convertido muy pronto en el canto general vasco. Sus vehementes y apasionadas actuaciones ante la colonia vasca en Madrid dieron lugar a que Iparraguirre volviese a ser un perseguido político y fuese expulsado del país en 1855 acompañado por la Guardia Civil. Era considerado un “agitador de masas”. El bertsolari que cantaba al Árbol de Guernica y a los Fueros era un personaje incómodo. Esta vez el exilio le llevó a Argentina y Uruguay.

El 29 de agosto de 1858 se embarcó en Bayona, en el bergantín “Angelita” rumbo a Buenos Aires, acompañado de María Ángeles Querejeta, una joven vasca con la que contraería matrimonio en la capital argentina meses después y a la que había conocido en Tolosa. Tuvo con ella ocho hijos. Tras sesenta y dos días de viaje llegaron a Buenos Aires y se instalaron en sendas casas de la Calle Belgrano. Durante un tiempo Iparraguirre fue pastor en Uruguay, viviendo unos años en una situación económica bastante angustiosa. En 1877 al recibir la noticia de que se habían suprimido los Fueros a las Provincias Vascongadas, Iparraguirre lloró de rabia y dice su mujer que se volvió “como loco”. En ese momento decidió que había llegado el momento de regresar a Euskalherria, su querida y siempre añorada patria.

En octubre de 1877, desembarcó en Burdeos y en febrero de 1878 se dirigió a Madrid, gracias a la generosa ayuda económica de sus compatriotas que nunca le habían olvidado y admiraban la belleza de sus canciones. De nuevo con su guitarra volvió a oírse su voz, cargada ya de años, en el “Circo Price o en el “Teatro Real” madrileños. A pesar del entusiasmo que despertaba en cada una de sus actuaciones, su situación económica era angustiosa, al negársele una pensión que había solicitado, lo que le hizo pensar en regresar a América, donde había dejado a su mujer e hijos. En julio de 1879 presentó en un certamen literario que se celebraba en Elizondo una composición suya cuyo tema era Dios, Patria y Fueros, que no fue premiada, a pesar de su gran calidad. Sus amigos de siempre, siguieron movilizándose para que pudiera disfrutar en sus últimos años de vida de una posición económica tranquila, pero casi todos los intentos fracasaron. Lleno de deudas y, en alguna ocasión, vestido de cualquier manera, llegó al final de sus días sin poder ver hecho realidad el sueño de traer de Argentina a su mujer y sus hijos y vivir todos juntos.

El cantor de nuestra tierra murió a las dos y media de la mañana del día 6 de abril de 1881 en Ichaso – Zozobarro (Guipukoa), a consecuencia de una Bronconeumonía. Tenía sesenta años y siete meses.

José María Iparraguirre es un gran símbolo de toda Euskalherria, el poeta popular de una tierra a la que siempre defendió y por la sufrió el exilio y la persecución política. Jamás renegó de sus ideas carlistas, de la defensa de los Fueros, pero sí dedico algunos de sus versos a cantar el hastío experimentado por las guerras y el desengaño por el trato recibido a lo largo de sus años.

Iparraguirre, a los 200 años de su nacimiento, no puede seguir siendo un personaje de nuestra tierra silenciado ni olvidado. Los carlistas, desde luego, nunca le hemos olvidado.