“Carlistas con banderas” en Etxarri-Aranatz. Las impresiones del voluntario inglés Frederick Henningsen (I de II)

Raul Guillermo ROSAS VON RITTERSTEIN

A mis antepasados de Etxarri, que en sus tiempos cantaron con honor el Oriamendi, y a todos los caídos de ambos bandos por causa de promesas vanas y malentendidos.
“Stand afresh, to cut from nations hearts their pound of flesh!”1

Estos versos de Byron son prácticamente la dedicatoria que hace Henningsen a quienes considera los verdaderos causantes de las guerras europeas de sus tiempos en general y particularmente de aquella en la que participó como voluntario, la Primera Carlista.

La especial personalidad de este testigo participante, nacido en Inglaterra en 1815, cuando el país era conmovido por los ecos de los cañones de Waterloo, le llevó a una larga vida aventurera, terminada como general y héroe nacional de los EEUU, vida de la cual sería dura inauguración2, a la edad de 19 años, la Guerra Carlista de los Siete Años, en la que revistó bajo la conducción del famoso Tomás Zumalakarregi, el “tío Tomás”3. El sin duda profundo desprecio que anidaba en el corazón de Henningsen ante los desarrollos reaccionarios de la Europa post-napoleónica, para describir a los cuales utiliza los duros versos byronianos de “The Age of Bronze”, le llevaría a enrolarse en variadas aventuras, por la libertad y de las otras, en diferentes sitios de Europa primero, luego de América. El carácter arrojado, evidenciado a lo largo de toda su vida, matizado además con muy marcados rasgos de romanticismo, precisamente à la Byron, no en vano tomaría sus versos para encabezar esas memorias de la campaña carlista que tituló “Twelve Months Campaign with Zumalacarregui”4, fue una constante de la vida de Charles Frederick Henningsen.
Lo temprano de su integración a las filas carlistas, y sin duda los ideales juveniles que debieron guiarlo por aquella época, hacen de sus opiniones una materia especialmente digna de análisis. En tal sentido, toda su obra, editada en castellano bajo el lacónico título de “Zumalacárregui”5, merece ser leída con ojos nuevos, como parte imprescindible de la historia vasca contemporánea. Es otra vez la pluma de un testigo extranjero, con sus aciertos y errores, la encargada de dejar una impresión particular y motivadora de cómo se vivió aquella época, particularmente en la Nafarroa rural.

Henningsen se unió a las tropas carlistas operando en Nafarroa tras un romántico cruce, con contrabandistas incluídos, propio de la pluma de Loti o Hugo, desde la Euskal Herria Continental, comenzado en Baiona y, pese a que su intención original consistía en incorporarse a la Corte del pretendiente, la atracción marcada que sobre él ejerció la personalidad del general Zumalakarregi desde su primera entrevista, aunada con su simpatía por la población campesina vasca en armas6, le llevaría a dejar de lado tal idea y permanecer con las fuerzas de aquel hasta el fallecimiento del “Lobo de las Amescoas” durante el fallido sitio puesto sobre Bilbo. Condecorado por su valor en el encuentro de Segura con la Cruz de San Fernando, siempre con las tropas carlistas, seguiría la campaña hasta el desgraciado final.

Para el momento del primer encuentro entre el voluntario inglés y su futuro jefe, la Guerra llevaba ya un tiempo de desarrollo, y en sus idas y venidas, tanto las tropas de don Carlos como las cristinas habían llevado a cabo diversas incursiones a lo largo de toda la Burunda. Al respecto, la primera descripción que nos ofrece Henningsen de los sucesos en torno del dominio de Etxarri-Aranatz es en realidad un relato de oídas, puesto que él aún no se había incorporado a los combatientes.

La ubicación geográfica de Etxarri y otras villas, como es el caso principal de sus vecinas Altsasu y Huarte-Arakil, hizo desde siempre necesario su control para cualquier fuerza militar que operara en la línea Vitoria/Gasteiz-Pamplona/Iruña, de la Llanada Alavesa a la Navarra. Precisamente al alto significado en términos militares del dominio del valle de la Burunda, obedeció la historia primigenia de tales pueblos, fundados por los reyes navarros mediante el sencillo recurso de agrupar por la fuerza poblaciones dispersas en las estribaciones de Aralar, cosa que se hizo no sin resistencias entre los siglos XIII y XIV7. El fin lógico era, a la par con el control territorial, proveer de bases a las tropas encargadas de conservar segura la difícil “Frontera de Malhechores”, como lo demuestra, entre tantos otros acontecimientos, la historia de la batalla de Beotibar del 19/IX/1.321, de resultado tan poco feliz para el viejo Reino.

El paso de los tiempos no alteraría en nada el valor militar de las fundaciones, y en la Guerra de Siete Años el aserto volvería a demostrarse. En efecto, iniciada la misma se registran ya operaciones de asedio contra Altsasu, dirigidas por Zumalakarregi. Poco antes, las diputaciones carlistas vizcaínas y guipuzcoanas juntamente con los jefes alaveses, habían rendido acatamiento al caudillo precisamente en Etxarri-Aranatz, el 7 de Diciembre de 1.833. Más tarde, y ya con su cuartel general en dicha villa, firmaría allí Zumalakarregi la trágica orden de fusilamiento del coronel O’Donnel, conde de La Bisbal y otros prisioneros, en represalia por similares actos de parte de las fuerzas de Quesada.

Al principio de las operaciones, y en tanto se fuera formando una tropa medianamente regular y entrenada, el carlismo actuó normalmente con el conocido sistema de partidas8 (más adelante, dadas las peculiares características del terreno9, el comandante habría de introducir la novedad táctica de operar por batallones y no regimientos, sistema que facilitaba la movilidad y disminuía los efectos de un posible contraste.) Uno de los más acuciantes problemas lo constituía en ese momento la falta de material pesado, capaz de batir con éxito las fortificaciones de las diversas plazas ocupadas por las fuerzas cristinas10, cosa que ponía a los pueblos más importantes fuera de las posibilidades del esfuerzo militar carlista, y de ese modo, el inicio de la guerra está señalado solamente por las actividades de hostigamiento y recolección de materiales11.

Algo más equilibradas las cosas, el 2 de Mayo de 1834, las fuerzas de Zumalakarregi derrotarán a Quesada en el cruento combate de Altsasu. La descripción escueta que de dicho pueblo hace Henningsen nos adentra ya en las impresiones de la campaña: “…Alsasua, el mayor pueblo o aldea de Navarra; está situado a la izquierda de la carretera, a unos cien metros al otro lado del río, sobre el cual hay un viejo puente de madera. Al viajero le queda grabado este pueblo por el detalle de una enorme venta o posada rústica al borde de la carretera, la que es suficientemente grande para contener fácilmente escuadrón y medio de caballería. El pueblo está en la ladera, y detrás de él empiezan los bosques que se extienden hacia Guipúzcoa.”

Como decíamos más arriba, cuando tuvo lugar el primer ataque a la Etxarri-Aranatz fortificada por Rodil, Henningsen no se había incorporado todavía a las fuerzas carlistas; con todo, dada su impresión posterior, no duda en calificar a la villa como “…la plaza más fuerte entre Pamplona y Salvatierra.” Su impresionante relato proviene de conversaciones mantenidas durante la campaña con participantes y testigos directos de la fallida intentona. La explicación de los motivos del ataque que da nuestro autor, ya la hemos expuesto en párrafos anteriores: si algo creaba verdaderos problemas a Zumalakarregi era la falta de material de artillería. En palabras de Henningsen: “…por carecer de hasta la más pequeña pieza de campaña, los carlistas se veían obligados a huir aún de meras casas aspilleradas y se encontraban en la misma situación que los guerreros primitivos… para los que las paredes de piedra de cualquier edificio o castillo constituían una barrera infranqueable.”
Se había intentado con diverso éxito forjar cañones y morteros, bajo la dirección de un oficial técnico de artillería, Tomás Reina, pero de cualquier manera, en ese mes de Agosto de 1.835 la acuciante necesidad de obtener al menos una pieza llevó a los carlistas a intentar la seducción de algún oficial enemigo a cuyo cargo corriera la seguridad de una guarnición importante, con vistas a que entregara la posición y con élla las armas. Eso precisamente sucedió en Etxarri-Aranatz.

La descripción que nos hace Henningsen del pueblo, al que conocería poco después, indica el grado de dificultad al cual se enfrentaban las tropas de don Carlos: “Echarri Aranaz es un pueblo grande, dividido por una calle ancha12, que parte en ángulo recto del camino real, del cual queda oculta por una posada y un grupo de seis o siete casas. Éstas habían sido aspilleradas y se habían construído tambores a su alrededor, y el conjunto de los edificios estaba rodeado por una fosa profunda; estaba, además, todo ello reforzado por una empalizada fuerte y doble, y cada uno de los lados se hallaba defendido por un cañón de cuatro u ocho libras.”

Había en total en Etxarri aproximadamente 500 soldados, con cuatro mil fusiles, seis cañones y nutrido equipamiento y provisiones.

La captura de ese recinto fortificado sería imposible para las débiles formaciones carlistas puesto que, a más de otras consideraciones, la operación debería ser necesariamente muy rápida, ante el riesgo de una segura llegada del auxilio de otras fuerzas cristinas acantonadas en las cercanías, y la resistencia sería por descontado encarnizada, de modo tal que la única opción viable era que las puertas fueran franqueadas desde adentro y hacer pesar el factor sorpresa. A tal efecto, los espías de Zumalakarregi obtuvieron la aquiescencia de dos hermanos de apellido Manzano, jóvenes oficiales del regimiento de Valladolid de guarnición en la plaza, personas cuyas simpatías al parecer se inclinaban más por el pretendiente que por sus jefes. La trama de la traición diseñada por los complotados era sencilla y consistía en aprovechar una noche obscura en la cual se encontraran de guardia, para abrir las puertas y dejar vía libre a los carlistas. Dos compañías del Tercer Batallón de Navarra y dos de Guías, la fuerza selecta de Zumalakarregi, estacionadas con el grueso entre Arbizu y Etxarri, serían las encargadas de tomar a la bayoneta el reducto. La nerviosidad del momento y la natural falta de confianza de los navarros en la buena fe de los dos tenientes comprometidos, llevó al fracaso de la intentona. En la obscurísima noche, los atacantes, por lo visto olvidados de la presencia del foso defensivo, se precipitaron en él en número de unos veinte, el consiguiente estruendo alertó a la guarnición y en el tiroteo desatado inmediatamente murió uno de los dos tenientes conjurados, el otro, junto con algunos soldados de su confianza, logró reingresar en la plaza, sobre las armas ya en ese punto, y disparando en todas direcciones.

Todas las fuerzas carlistas debieron huir precipitadamente para no ser cogidas en una pinza entre las tropas de la guarnición de Etxarri-Aranatz y las de los sitios cercanos. Los desgraciados miembros del grupo que debía tomar la plaza recibieron un castigo muy severo, siendo echado a la suerte un fusilado de cada compañía, en tanto que los oficiales y suboficiales resultaron todos degradados aunque, como lo aclara Henningsen, su inocencia y el hecho de que se retiraran los últimos y en relativo buen orden, llevó a que los demás oficiales intermedios les permitieran, lejos de la vista -gorda-, del comandante, volver subrepticiamente al servicio.

Este fiasco, que llevó huyendo a las tropas carlistas hasta Santa Cruz de Campezu, sitio alcanzado el 3 de Septiembre siguiente, sería luego compensado en ocasión de la batalla de Viana. Poco después de ésta, que tuvo lugar el 14 de Septiembre de 1.834, nuestro voluntario inglés se presentaría por primera vez ante el “Tío Tomás”, a quien por su actitud cayó inmediatamente en gracia. A partir de ese momento, Henningsen actuaría en diversas oportunidades, siempre con las fuerzas de Zumalakarregi y en una relación bastante directa con este jefe.

1 “Siempre listos para cortar su libra de carne de los corazones de las naciones”.

2 Como él mismo relata, las escaramuzas en torno a la guarnición cristina de Lekaroz fueron “…la primera vez que yo había visto disparar en guerra y oído el silbido de una bala.”

3 El apodo amable por el cual los soldados llamaban a Zumalakarregi, “Tío Tomás”, que también cita Henningsen, fue hecho circular en Europa por el francés Alexis Sabatier, teniente coronel de la infantería carlista, como nuestro autor caballero de la Real y Militar Orden de San Fernando, en su libro “Tío Tomás: Souvenirs d’un soldat de Charles V”, editado en Bordeaux en 1.836.

4 Al modo de la época, el título completo es: “The most striking events of a twelvemonth’s campaign with Zumalacarregui in Navarre and the Basque Provinces. / By C. F. Henningsen, captain of lancers in the service of Don Carlos.”, dedicado a Lord Edward Granville Eliot, luego conde de St. Germans, editado en Londres por John Murray en 1.836.

5 Edición en un volumen de la “Colección Austral” de Espasa Calpe, con prólogo y traducción de Román Oyarzun, Buenos Aires, 1.947.

6 “El campesino, o más bien el agricultor, particularmente en las provincias del norte -y de éstos hablo principalmente-, es no sólo fiel a su antiguo modo de gobierno y línea de monarcas, a consecuencia de su recelo hacia todo lo que viene de fuera, sino también por sus costumbres, sentimientos y tradiciones. No habiendo nunca sufrido del abuso de la monarquía, sucediera lo que sucediere al cortesano y al ciudadano; habiendo siempre gozado un alto grado de independencia personal, aún en los tiempos de mayor arbitrariedad, mantiene los derechos de su soberano con la misma tenacidad con que defendería sus propios privilegios si fueran atacados.”

7 En el caso específico de Etxarri-Aranatz, originariamente una bastida abandonada y vuelta a poblar, que recibió Fuero de Franquicia en 1.351, el mismo año en que se renovaron sus defensas militares.

8 Ese tipo de guerra tan atractiva para el carácter del vasco de la montaña, y que con pluma maestra señala Baroja para poco más adelante en el tiempo en su “Zalacaín el aventurero”, cuando habla de los anhelos de sus héroes enrolados a favor de Carlos VII: “Y los dos vascos especificaron lo que ellos consideraban como hermosura. Ambos guardaban en el fondo de su alma un sueño cándido y heroico, infantil y brutal. Se veían los dos por los montes de Navarra y de Guipúzcoa al frente de una partida, viviendo siempre en acecho, en una continua elasticidad de la voluntad, atacando, huyendo, escondiéndose entre las matas, haciendo marchas forzadas, incendiando el caserío enemigo… ¡Y qué alegrías! ¡Qué triunfos! Entrar en las aldeas a caballo, el sable al cinto, mientras las campanas tocan en la iglesia. Ver, al huir de una fuerza mayor, cómo aparece entre el verde de las heredades el campanario de la aldea donde se tiene el asilo; defender una trinchera heroicamente y plantar la bandera entre las balas que silban; conservar la serenidad mientras la granadas caen, estallando a pocos pasos, y caracolear en el caballo delante de la partida, marchando todos al compás del tambor… ¡Qué emociones debían ser aquéllas! Y Bautista y Martín soñaban con el placer de atacar y de huir, de bailar en las fiestas de los pueblos y de robar en los Ayuntamientos, de acechar y de escapar por los senderos húmedos y dormir en una borda sobre una cama de hierba seca…”

9 Henningsen coincide con muchos otros extranjeros en la descripción asombrada del Mendialde navarro: “…no es otra cosa que una sucesión de montañas donde el forastero se encuentra perdido y desorientado en aquel laberinto de largos y estrechos valles, profundas cañadas y salvajes y gigantescas rocas.”

10 Esta estrategia de fortificar todas las posiciones favorables, había sido ideada por Rodil ante el constante riesgo representado por el dominio carlista en las zonas rurales, exacerbado tal vez por su forma de tratar a la población civil.

11 Como el mismo Henningsen aclara, al principio de la campaña, el ejército de don Carlos contaba con 800 infantes armados con mosquetes y escopetas de caza, 14 jinetes, 1 oficial de artillería y un tren de batir integrado por dos piezas, por el momento enterradas en Vizcaya; la caja de dicho “ejército” sumaba 200 libras.

12 El esquema original de la planta urbana de Etxarri-Aranatz, obviando las extensiones modernas, es claramente perceptible en las fotos aéreas adjuntas del SITNa, y coincide naturalmente con muchas otras fundaciones medievales en Nafarroa.

Raúl Rosas von Ritterstein (Universidad Nacional de Luján, Provincia de Buenos Aires).

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